Él acababa de salir de casa... Ni él mismo recuerda ya a donde iba. Estaba por cruzar la calle cuando la vio al otro lado. Cabello castaño, ojos pardos. Un suéter oscuro ocultaba su cuerpo, pero parecía ser esbelta. Sus piernas estaban descubiertas y casi parecía que no llevaba nada más que el suéter; sus cortos pantalones se escondían como sombras detrás de su suéter. Ella, ni se inmutó. Entró a una bodega y desapareció.
Por un momento, Rodolfo olvidó su plan de cruzar la calle y subirse a un bus. Vio como aquella figura femenina desaparecía en la pequeña bodega. No supo qué hacer o qué sentir. Pero, inconscientemente, sabía que algo pasaba. Algo hizo que cruzara la calle en dirección opuesta a la parada del bus y entrara en la bodega.
Dentro de ella estaba un vendedor con una sonrisa cálida y aparentemente sincera. Estaba hablando con la chica que Rodolfo acababa de ver. Mientras conversaban, él sumaba los precios de los objetos que estaban sobre el vidrio donde atendía. Parecían conocerse, pues la cordialidad que guardaban era la que se le tiene a un amigo. Él era un señor, con un marcado bigote y piel oscura, a diferencia de la clara piel de la chica. Rodolfo se sentía invisible desde que había visto hace un momento. Todo lo que sucedía parecía ajeno a él... como si estuviera viendo una película. El vendedor terminó de hacer las cuentas y ella, sonriendo, introdujo su mano en el bolsillo derecho y le entregó un billete. El vendedor abrió entonces la caja registradora y con lentitud sacó moneda a moneda el vuelto, que luego le entregó. Ella sonrió una vez más y se despidió, pasando a la derecha de Rodolfo al salir de la bodega. Él había observado toda la escena desde la entrada, sin que nadie lo notara. Decidió comprar un refresco para no aparentar nada extraño, aunque aún si no lo hubiera comprado nada aparentaba. El señor lo atendió siempre sonriente, tuvieron una pequeña charla sobre el tiempo y la vida. "Debe ser muy difícil ser joven en estos tiempos modernos" recuerda que le dijo el vendedor. Él sólo asintió.
Ya afuera, un poste de luz alumbraba la soledad de la calle. Nada se escuchaba, pocos autos pasaban, pocas personas transitaban. Había perdido a Lucía en la inmensidad de la noche.
Esa fue la primera ves que la vio.

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